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They say that time flies ₪ Alexandra F. Zweig

Mensaje por Andnej K. Cearley el Lun Jul 28, 2014 10:45 pm




So take it slow and let time heal everything

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They say that time flies
Los temblores no pararon hasta que me di cuenta de que no había marcha atrás. Había provocado al hombre que se encontraba detrás de la barra del bar, y éste me había sacado a rastras por la puerta trasera, como a las ratas, pegándome un puñetazo en toda la boca. Me costó levantarme del sucio suelo. Sorbí por la nariz y me tambaleé hasta apoyarme en la pared, cogiendo tanto aire que noté cómo el cuello se me ponía duro como una piedra. Gruñí, cabreado. La sangre había empezado a brotar de mi labio inferior al tenerlos tan cortados, pero poco me importaba eso en aquellos momentos.

Si Monika no hubiera aullado, lo que a mis oídos fue como un grito de socorro, me hubiera dejado caer al suelo encharcado del callejón y hubiera dormido la mona junto al vagabundo de la esquina, compartiendo incluso sus mantas si éste estaba lo suficientemente dormido. No era la primera vez que hacía algo así al fin y al cabo. Pero mi gata era mucho más importante que un par de botellas de alcohol más y una siesta incómoda sobre una superficie dura y fría. Así que sin pensármelo dos veces salí corriendo en dirección a los maullidos. Pero lo que encontré no fue lo que me esperaba… Monika le gruñía a un perro indefenso, herido en la pata derecha. Entre ellos dos había algo de comida. Resoplé y cogí a Monika del pescuezo, echándomela al hombro y caminando dirección contraria al perro. No le quité la comida, a pesar de que ella la necesitaba más que el chucho.

No vuelvas a alejarte tanto de mí o te encerraré en las cloacas hasta que las ratas te consideren de su familia. —me quejé.

Los ojos ciegos de la gata blanca miraban a todas partes menos a mi rostro. Maulló. Simplemente la dejé en el suelo otra vez y me metí en otro de los callejones, buscando a alguien algo despistado a quién robarle la cartera. Todo lo que encontré fue mugre, suciedad, agua estancada y alguna que otra mosca merodeando por la comida podrida. Metí una de mis manos en el bolsillo de la chaqueta y saqué un paquete de tabaco, encendiéndome un cigarrillo, o al menos intentándolo, porque el mechero no funcionó.

¡Maldito seas!

Al segundo, el mechero se encontraba hecho añicos en el suelo y yo volvía a caminar, pero esta vez algo más cabreado que antes. No estaba siendo una noche buena y no quería volver a casa con los bolsillos vacíos y un par de pitillos menos. Por eso me acerqué a la primera persona que encontré y me decidí a hablar.

Buenas noches, rubita. ¿Tienes fuego? —las palabras salieron de mi boca como fuego incandescente. Sonreí de lado, enseñando los dientes. Lo que también enseñé fue el cigarrillo que oscilaba entre mis dedos, apagado y muerto de asco.
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Re: They say that time flies ₪ Alexandra F. Zweig

Mensaje por Alexandra F. Zweig el Miér Jul 30, 2014 9:56 pm




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Las ennegrecidas y largas uñas de aquel hombre, separaron una línea de aquella droga que estaba probando. Más que hombre, parecía un oso; era peludo, corpulento y encima apestaba. Su olor llegaba hasta dónde yo me encontraba con compañía de uno de mis socios. Su cabeza se echó hacia atrás, mientras comenzaba a disfrutar del efecto de aquella “harina”. Al cabo de unos tres minutos, rió, satisfecho, y fue entonces cuando un calvo algo amariconado dejó un maletín sobre la mesa y ordené a mi socio que dejase el nuestro con la droga. El maletín del dinero se acercó a mí, y en cuanto lo tuve a pocos centímetros, me adueñé de él como si no hubiera un mañana.

Las dos partes habíamos acordado no abrir los maletines hasta que acabase el cambio, por eso no lo abrí y conté el dinero. Observé al mastodonte con una sonrisa fingida, mientras decidía que ya era tarde y debíamos irnos. Lo hicimos con prisa, hasta que al llegar a la calle pude abrir el maletín y encontrarme con los billetes, bien colocados, desprendiendo un olor tan placentero como el del mismísimo tabaco. Me mordí el labio. Habíamos hecho un buen negocio… Sobretodo porque a los dos minutos, se escucharon disparos y ya tocaba correr lejos de allí.

Y la pregunta es, ¿por qué nos disparaban? Sencillo; en el maletín que habíamos dado no había droga, solo azúcar. Y eso cabreó al peludo oso, pobre de él.
Mientras yo reía y corría, mi socio me maldecía por siempre hacer lo mismo. Pero, seamos sinceros… la buena droga había que venderla al mejor postor, no a un mindundi flipado como lo era aquel hombre.

Giré la esquina, adentrándome en un callejón. ¿Lo habíamos perdido de vista? Eso parecía ser, pero por poco tiempo.

– Llévate el dinero al almacén, yo volveré después, tengo unos asuntos que hacer. –Le entregué el maletín, depositando mi confianza en él–. Ya sabes qué te pasará si decides llevarte el dinero, siempre os acabo encontrando. –Le susurré, mirándole con mis fríos ojos a los suyos, intimidante. Él simplemente asintió y se marchó, dejándome sola, al fin.

Saqué la cajetilla de tabaco. Dos cigarros. Miré a mi alrededor, me coloqué uno en los labios y saqué el mechero para encenderlo; pero no tenía gas. Bien. Volví a guardar el cigarro, golpeé una de las papeleras y comencé a caminar en dirección contraria de la que había venido. Como no tenía tabaco, busqué en mi chupa de cuero alguna pastilla suelta que se me hubiese colado, sin encontrar ninguna. Iba de mal en peor, necesitaba algo.
Pero entonces, alguien me habló. Pensé que iba a ser uno de aquellos tíos de antes, pero al girarme comprobé que simplemente era un niñato pidiendo fuego para su cigarro. Pues a buena había ido a pedir.

– No.

Respondí simplemente, siendo fría, cortante, y volviendo a caminar hacia alguna parte.
En un arrebato que me dio a los dos segundos, paré de golpe y me giré hacia el chico. Le agarré de los hombros y lo dejé contra una de las paredes de los muchos edificios construidos por allí.

– ¿Tienes fuego? Necesito encenderme el cigarro, necesito algo o volverá… Volverá y no quiero que vuelva. –Cerré los ojos con fuerza, llevándome las manos a la cabeza, apretando mis dedos en ella–. ¿Tienes fuego? Lo necesito.

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Alexandra F. Zweig

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Re: They say that time flies ₪ Alexandra F. Zweig

Mensaje por Andnej K. Cearley el Miér Jul 30, 2014 10:59 pm




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Me dolían los dedos de los pies. Era una sensación extraña porque a la vez que me dolían los sentía insensibles a causa del frío. Winter is coming era el lema que podía leerse en uno de los carteles que adornaban la sucia pared del fondo de la calle, en la que había clavado la vista antes de preguntarle a la rubia si tenía fuego. Sí, el invierno llegaba a Nueva York. Era hora de hacer el famoso cambio de armario y cambiar las camisetas de tirantes por los abrigos de piel. Pero yo ni siquiera tenía armario. Podía considerarme afortunado de al menos tener la ropa amontonada en un rincón de la habitación que tenía alquilada en los suburbios de la ciudad.

Dejando a un lado mis penosos problemas, me dediqué a analizar a la mujer que tenía delante. Su cabello rubio era lo primero que me había llamado la atención de ella, pero en cambio, al verla de frente, había algo que cantaba mucho más. Sus ojos eran de un color azul grisáceo claro. Pero no fue el color lo que me dijo que aquella tía no estaba bien de la azotea, sino la sensación que me producía en el cuerpo el sentir esos orbes clavados en mi rostro. Como si supiera todos los errores que había cometido en la vida, como si me acusase de haber huido de casa, como si llevase años encerrada en una prisión en lo más hondo del interior de la tierra. “No”, respondió, y el tono de su voz pegó a la perfección con la frialdad de sus ojos.

Era de ese tipo de personas que sabes que no conviene tener cerca, pero que la adrenalina hace que las acerques más.

Y te acaban llevando a la boca del lobo.

No dije absolutamente nada, simplemente me giré y seguí a lo mío. Me rasqué la cabeza, dándole vueltas a la ruedecilla del mechero. Estúpido mundo. Estúpidos humanos. Estúpida rubia de mierda.
Cuando casi me había olvidado de su existencia, conseguí que una llamita saliera del aparatejo. Se me iluminaron los ojos y solté una pequeña carcajada, pero el mechero se me resbaló de la mano y cayó al suelo, rodando calle abajo cuando la chica de antes me empotró contra la pared del callejón. No me asusté. Ni siquiera me mostré sorprendido. Intenté adivinar lo que pensaba, pero en el momento en que se llevó las manos a la cabeza me pregunté de qué psiquiátrico se había escapado. ¿Era bipolar o es que tenía una hermana gemela rondando tras ella?

De todas formas, estaba buena.

Las verdades no hay que saltarlas.

Venga, venga, rubita… —le di dos golpecitos en la cabeza como si estuviera hablando con Monika. En cierto sentido, parecía un animalillo perdido en el camino, y los animales eran mi debilidad. Tan indefensa contra sí misma—. Acabas de romperme el mechero, así que no, no tengo fuego. —Me quedé callado durante unos segundos. ¿Se estaba tirando del pelo? Era cierto que odiaba a la gente, pero ya lo había dicho, aquella chica no era humana en absoluto. Aparté sus manos de su propio pelo, desenredando sus dedos de sus mechones rubios, para evitar que pudiera hacerse daño a sí misma. A continuación rebusqué en el bolsillo interior de mi abrigo y saqué una petaca de vodka, prestándosela—. Eso es todo lo que tengo, rubia.
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Re: They say that time flies ₪ Alexandra F. Zweig

Mensaje por Alexandra F. Zweig el Dom Ago 10, 2014 6:22 pm




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Un odioso sonido me taladraba la cabeza. Tic toc, tic toc. No paraba, no paraba. Necesitaba algo para que parase. A pesar de que podía escuchar la voz de aquel muchacho al que había dejado contra la pared, a pesar de notar sus golpecitos en mi cabeza, y a pesar de que mis manos quedaron apartadas por él, seguía ese sonido. Nada lo apartaba de mi mente, siempre sonaba, siempre.
Con ojos llorosos, miré la petaca que sacaba de su bolsillo, arrebatándosela enseguida para darle tres largos y rápidos sorbos. La boca, y también la garganta, comenzó a arderme. Se notaba que era vodka, eso me valdría. El estómago se calentó por el alcohol, pero estaba ya tan acostumbrada a esas cosas, que tuve que darle otros dos sorbos para que el puñetero tic-toc desapareciera.

Le devolví la petaca al chico, relamiendo mis labios ahora pegajosos por aquella sustancia. No era de decir gracias, tampoco pensaba agradecerle el que me hubiera dado aquello, solo le miré y después desvié la mirada hacia un grupo de chicas. Sin decir nada, me dirigí a ellas. Tardé dos minutos en conseguir un cigarro encendido, pero pude obtenerlo y volví con el muchacho, entregándoselo después de darle un par de caladas.

Me llamo Alex. ¿Y tú? Tienes cara de ser un niño de papá, ¿te has perdido por aquí? Es peligroso que vayas solo.

Como si fuera un niño pequeño, así lo trataba. Pero por la cara que tenía, no parecía sobrepasar los 20 años. Aunque también había que admitir que era bastante pésima para saber la edad de una persona.

El cigarro es por el vodka. Y que esté encendido, es por el mechero. Así que ya no nos debemos nada, adiós.


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Re: They say that time flies ₪ Alexandra F. Zweig

Mensaje por Andnej K. Cearley el Lun Ago 18, 2014 12:19 pm




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Se movía de una forma extraña. Una de las cosas que más me gustaba hacer para matar el tiempo era observar a la gente e intentar adivinar de dónde venían, a qué se dedicaban, si se encontraban solos. Cuando era pequeño, cada noche, antes de irnos a dormir, mi hermana menor y yo nos sentábamos en las escaleras que llevaban a la puerta de casa y jugábamos a eso mismo. De alguna forma, seguir haciéndolo ahora, después de tantos años, hacía que mis ocho minutos con ella cada noche se alargaran, quizá eternamente.



Es una princesa. Pero no quiere serlo… Por eso se viste con esos trapos e intenta ir de algo que no es. Quiere pasar desapercibida. —decía Monika en voz baja, observando a una puta que se apoyaba en la pared y nos devolvía la mirada divertida.

¿De dónde viene? —le pregunté.

De África, por supuesto. ¡Es una princesa africana! Ha dejado atrás a toda su familia… Padres, hermanos y hermanas, e incluso a su novio. Todo por buscar su libertad. Porque no se ve capaz de reinar el país entero.

Yo lo que veo es a una prostituta que dentro de… cinco minutos, ponle incluso menos, se subirá al coche de algún cerdo como nuestro padre y por veinte pavos se abrirá de piernas.

Monika me fulminó con la mirada, me golpeó el hombro, la cabeza, el pecho. Me arañó y los ojos se le llenaron de lágrimas.

¡No es así como se juega!

Y entonces se levantó y desapareció tras el umbral de la puerta, mientras que las carcajadas de la dicha princesa llenaban el callejón y yo me derrumbaba en las escaleras.




Y seguía pareciéndome una forma extraña de moverse. Como si estuviera bebida pero sin estarlo. Alcé una ceja, porque se acercó a un grupo de chicas. Al menos pude separarme de la pared y sacudirme la ropa del polvo de ésta. Poco después, me ofreció el cigarrillo que había conseguido y que había empezado a fumarse ella. Sin hacerle ascos, lo acepté y pegué una fuerte calada, soltando el humo hacia un lado, sintiendo cómo mis pulmones se llenaban de muerte.

Alex, eh… No pareces de por aquí. —puse los ojos en blanco—. Puedes llamarme An a secas. Y, ¿de verdad te parezco un niño de papá? A lo mejor hace falta que te acompañe a que te revisen la vista… No va a malas, pero —le di la vuelta a mis bolsillos para que viera que estaban completamente vacíos—, no tengo ni para una jodida birra. Así que ya me dirás. Y tú me acabas de romper mi mechero. —repetí—.

Cuando pronunció su “adiós”, me adelanté un poco y me coloqué frente a ella, observando los enredos que habían quedado en su cabello por los tirones de antes. Tan interesante… Le corté el paso y alcé ambas manos, como indicándole que no diera otro paso.

Eh, eh. No vayas tan rápido, rubita. —le coloqué el cigarrillo entre los labios para que se callase y me dejara hablar un poco. Parecía que ella se preguntaba y ella se respondía solita. Señalé el mechero en el suelo—. Porque me enciendas un cigarro no significa que estemos en paz. A ese mechero le quedaba mucho de vida. Podría haber encendido mil cigarros más. Podría haber encendido las velas de mi entierro, ¿sabes? Así que quiero uno nuevo. —me crucé de brazos—. Es lo justo.
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