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Alexandra F. Zweig || ID

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Alexandra F. Zweig || ID

Mensaje por Alexandra F. Zweig el Lun Jul 28, 2014 7:08 pm

Nombre Completo

Alexandra Friederike Hanna Zweig.


Apodos

Alex || Ice princess.


Edad

23 años.


Fecha & Lugar de Nacimiento

05/08/1991 en Augsburgo, Alemania.


Orientación Sexual

Heteroflexible.


Ocupación

Socia en una tienda de moda, la cual le ayuda en sus chanchullos ilegales. Ella invierte, y el dueño de la tienda le presta el almacén.


Grupo

Your vice is my business.


Otros Datos


Familia:

Benjamin Edmund Zweig 《 Padre 》

Daniela Hermine Zweig《 Madre 》

Idiomas que habla:

Alemán, inglés y algo de italiano.

Vicios:

♦ Esta enganchada a unas pastillas anti-depresivas.
♦ Además del tabaco, los "cigarrillos de la felicidad" son otro de sus vicios.
♦ El whisky. Contra más fuerte, mejor.
♦ Por raro que parezca, los chicles de menta.

Objetos que siempre lleva:

♦ Un paquete de tabaco.
♦ Chicles.
♦ Una navaja.
♦ Un reloj que no funciona.

Manías:

♦ Suele mover las cosas de sitio y después colocarlas en el lugar que estaba antes.
♦ Tiene que dormir con una silla delante de la puerta, sino, no consigue conciliar el sueño.
♦ Siempre está mordiendo algo, sobretodo la yema de sus dedos (aunque sin llegar a lastimarse).

Enfermedades:

♦ Sufre un leve trastorno de ansiedad y depresión.



Alexandra es una chica difícil de describir. Si bien puede ser normal, al segundo puede convertirse en una persona que perfectamente podría estar encerrada en un manicomio.
Lo más importante de su personalidad, es que es manipuladora, fría; es alguien que el dolor ajeno no le importa. Suele ser muy borde, irónica, sarcástica y cruel. Pocas personas la conocen de verdad, pues ella siempre muestra una careta, alguien que no es para ganarse a la gente. Y cuando esa gente logra saber cómo es de verdad, es demasiado tarde. Su poder persuasivo hace que, quien entre en su círculo, no pueda salir jamás de él. Al menos no vivo, con todo su dinero o encerrado en la cárcel.
Cosa que toca, cosa que destruye. Pero no rápido, no; lentamente y sin que nadie pueda darse cuenta, solo ella.

Alexandra no tiene la culpa de nada, todos tienen la culpa de todo. Si ella hace algo mal, no es ella quién lo ha hecho, es la persona que tiene al lado o la que está a cinco metros de ella. Lo mejor de todo, es que siempre consigue que las culpas sean para otra persona. Alex se lava las manos y se va a su casa tan tranquila.

Cercanos a ella, le han apodado “Ice Princess” al ver que no tiene problemas en matar a alguien o ver como otra persona tortura a otra. A veces incluso lo disfruta y se burla. Su humor es un humor que solo ella comprende; suelta cosas de las que nadie se ríe, pero ella estará descojonándose mientras repite una y otra vez la misma gilipollez que ha soltado. Hasta que esa persona se ría, aunque sea falsamente. Ella sabe que es falso, pero así ya es feliz. Sus socios ya la tienen calada, no saben todo de ella, pero saben cómo tratarla más o menos y que no les acabe clavando su navaja en un ojo... Como ya hizo con uno.

A pesar de que quizás se ve como una jodida loca, puedes mantener una conversación normal con ella… Excepto si esa conversación le parece aburrida.
Igualmente, se puede hablar con ella; cuando es seria, es seria. Bueno, mejor dicho, es seria siempre... ... ... Menos cuando se toma sus pastillas.



《 Tic toc tic toc 》

Alexandra Friederike Hanna Zweig, más conocida como Alex, pasó su infancia metida en Augsburgo, Alemania. Sus primeros años de vida fueron como las de una cría normal, teniendo una familia normal en donde ella era la única hija. Todos los caprichos que ella quería, los tenía. ¿Qué se le antojaba un juguete? Lo tenía. ¿Qué quería un vestido? Lo tenía. Era una caprichosa, una mimada que si no tenía lo que ella decía, cogía una rabieta hasta tenerlo en sus manos.

Pero en algún momento tenía que acabarse la fuente de ingresos. Los juguetes no crecían del suelo, los vestidos tampoco, ¿de dónde salía el dinero? Benjamin Edmund Zweig, su padre, trabajaba en una de las más importantes fábricas de aquella ciudad… pero cuando la crisis afectó, esa fue una de las empresas que cayó a pique.
Los ingresos de los Zweig disminuían, cada vez más. Pasaron de vivir en una lujosa mansión, a acabar en un sencillo apartamento; de tener mil cosas modernas, a tener solo cinco; de vestirse como unos señoritos, a vestirse con lo primero que encontraban en el mercadillo.

Al principio Alexandra no lo comprendía. ¿Cómo se podía pasar de tenerlo todo a no tener nada tan rápido? Se lo preguntaba todos los días mientras desde su penosa habitación, observaba las calles llenas de gente podrida. No tardaría en entenderlo… Cuando los años fuesen pasando, y el señor Zweig pasase de ser un hombre de bien a convertirse en un asqueroso borracho. Alex pudo ver la transformación de su padre, como pasaba de ser un hombre amable, tanto con ella como con su esposa, a ser un gilipollas que levantaba la mano a la mínima.

Doce años. Esa era la edad cuando, por primera vez, vio como su propio padre pegaba a su madre. ¿Qué culpa tenía ella? ¿Es que era la causante del quiebre de la fábrica? ¿Por qué le pegaba, entonces? ¿Por qué gritaba que ella tenía la culpa?
Alex observaba casi cada noche aquella horrible escena, pero por muy extraño que parezca, no sentía pena por su madre. Solo la miraba, con sus grandes ojos fríos, mientras ella lloraba y lloraba a cada golpe que recibía. En aquellos orbes podía verse el dolor, y fue entonces cuando Alexandra reaccionó. Su madre no tenía la culpa, claro que no. Por mucho que aquel hombre dijera que la tenía, no era verdad.

Alex actuó, por fin. Una noche quiso parar a su padre, pero en vez de lograr que los golpes cesaran, lo que logró fue recibir ella la tanda y acabar en el hospital con un par de huesos rotos y un traumatismo craneal.
La pequeña logró salir de aquello, volvió a casa con miedo, sabiendo que la situación no había cambiado por mucho que ella hubiese estado a punto de morir. Su madre seguía sufriendo las continuas palizas, y por si fuera poco, ahora también las recibía ella misma. “Eso por intentar ir de valiente”, gritaba su padre a cada golpe que asestaba contra su delicado cuerpo.

Moratones sobre los moratones, arañazos sobre los arañazos, huesos rotos cuando aún no se habían recuperado los anteriores. Ese era el día a día de Alexandra. Solo hubo una temporada que aquellos golpes dejaron de aparecer.

《 Tic toc tic toc 》

La puerta de su habitación se entreabrió. Alex abrió los ojos y se fijó en el reloj que tenía sobre la mesita, comprobando la hora; 03:25AM. Una mano intrusa comenzó a acariciar su trasero, haciendo que la joven de dieciséis años saltase de la cama con intención de huir. La poca luz que entraba le permitió ver quién era la persona que había osado tocarle, encontrándose con el rostro viejo de su padre. ¿Qué intentaba? ¿Violarla? Sí. Pero no lo logró.

Su madre entró antes de que aquel hijo de perra pudiera tocar más a su hija, le asestó un fuerte golpe en la cabeza con un jarrón y agarró a Alex para marcharse de aquella horrible casa. Daniela había logrado el valor de hacer lo que tendría que haber hecho hacía muchos años atrás, y había salvado a Alexandra de sufrir una violación.

《 Tic toc tic toc 》

- Mamá… ¿Estás bien? No llores… no es tu culpa, no llores…

Susurraba la joven de ya diecinueve años, mientras se acurrucaba bajo los brazos de su madre y comenzaba a llorar. Sentía convulsiones, sudor frío, mareos e incluso náuseas, pero no podía dejar de llorar, no quería alejarse de aquellos brazos tan cálidos.

En la mesa del comedor se encontraban desperdigadas varias cajas de pastillas antidepresivas, cigarros partidos, “harina” y marihuana.
Tras la huída, la joven Alexandra se adentró en las drogas, tanto en traficarlas como en consumirlas. Su madre había conseguido rehacer su vida con una mujer, esa mujer las había ayudado mucho; tanto anímicamente como en economía. Daniela estaba “feliz”, pero Alexandra aún tenía el recuerdo de aquel hombre que las había hecho sufrir tanto. Aún podía notar los golpes en su cuerpo, sufría pesadillas todas las noches, y eso solo podía ser calmado con pastillas, con porros y con alcohol.

Sabía que hacía daño a su madre, lo sabía perfectamente. Y que haciendo daño a su madre, automáticamente la mujer con la que tenía una buena relación sentimental, también sufría daños.
Decidió acabar de raíz con todos sus males. ¿Qué era lo que provocaba que estuviera así? La existencia de su padre, el saber que aún estaba vivo, el saber que aquel ser aún vivía y podía estar haciendo lo mismo que a ellas con otras mujeres. Pero se acabaría, eso se acabaría…

《 Tic toc tic toc 》

La sangre de sus manos era de un color oscuro a lo que estaba acostumbrada a ver. No era para nada como veía en la tele, ni como veía en los libros, ni siquiera era comparada a su sangre. Aquella era oscura, líquida pero también con un toque espeso, incluso parecía estar deliciosa… Pero venía de alguien que su sola existencia le repugnaba, y por muchas ganas que tuviera de probar su sangre, de saber cómo era el sabor de su muerte, no lo hizo.

Ejerciendo la fuerza necesaria, arrancó el cuchillo del pecho de su víctima y lo dejó a un lado, mientras que fríamente observaba aquella “fuente” que se había fabricado ella misma. Su mirada, helada, sobre la herida de la cual brotaba sangre tan libre como el agua bajando de un arroyo.
No sentía compasión, ni tristeza, nada; ni aún pensando que el hombre al que había apuñalado era su “queridísimo” padre.

Arrastró una silla de aquella habitación hasta dejarla frente al cuerpo, casi muerto, de su progenitor, únicamente para posar su trasero en ella, sacar el paquete de cigarros y encender uno, mientras escuchaba la fuerte y rápida respiración contraria. ¿Aquello? Era música para sus oídos. Cuántos años había deseado hacer eso, cuánto tiempo había ansiado acabar con la vida de aquel hombre.
A la par que su cigarro se consumía por las grandes caladas que daba la chica, la vida de su padre lo hacía a un ritmo algo más lento. Jamás le había gustado tanto escuchar las manecillas del reloj, ese “tic toc” incesante que, en aquellos momentos, significaba el acercamiento a la muerte de una persona.
En cuanto los latidos del corazón ajeno cesaron, en cuanto comprobó ella misma que la vida en aquel recipiente de carne había desaparecido, una gran sonrisa se formó en sus labios. Ya estaba satisfecha. ¿Qué más quería? Había matado a su puto padre y se había fumado un cigarro, eso era mejor que un polvo.

Sin siquiera esconder el cuerpo inerte de aquel hombre, agarró lo que era indispensable para ella (tabaco, dinero, una navaja…) y se marchó de casa. ¿Huía? Podemos decir que sí, pero mejor eso a que la enchironasen y quedarse toda su vida metida entre rejas.


《 Tic toc tic toc 》

Sin mucho más que “lo puesto”, Alexandra llegó a New York. Con solo diecinueve años, y sin haber dicho nada a su madre de dónde se encontraba, se buscó la vida para sobrevivir y mantener sus vicios. Tanto es así, que logró levantar un negocio de tráfico de drogas con ayuda de algunos “socios”. Qué fácil era ganarse la confianza de un hombre, solo le hacía falta hacerles una mamada y ser su “putita”, actuar como si fuera suya y no supiera mucho de la vida, cuando lo que en realidad hacía ella, era dirigirlo todo indirectamente.

Gracias a su poder de persuasión, Alex consiguió todo lo que se propuso.
Ahora mismo, con veintitrés años, ha conseguido asociarse a un negocio, una tienda de moda que usa para ocultar su droga. A pesar de que vive en un cutre apartamento compartido, no puede quejarse de su vida, al fin y al cabo, ella decidió eso.

Aún sigue atormentándole el dolor del pasado, aún sigue teniendo pesadillas cada noche. Pero sobretodo, en su cabeza, aún sigue ese…

《 Tic toc tic toc 》

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Re: Alexandra F. Zweig || ID

Mensaje por Kyle R. O'Neill el Lun Jul 28, 2014 7:28 pm

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